viernes, septiembre 02, 2011

Cuando anochece (Cuento)

En 2007 por sugerencia de algunos amigos decidí participar en el Primer Concurso Nacional de Cuento - Homenaje a Gabriel García Márquez organizado por los Ministerios de Educación y Cultura y RCN Televisión . En ese texto que por primera vez comparto con un público más amplio exploro las historias que escuché en mi niñez acerca de la cotidianidad de mi pueblo y mis familiares en épocas ya lejanas. Sé que soy un aficionado en el arte de escribir, sin embargo, espero disfruten del cuento.
Su vida no se acercaba a lo que todos llamarían normal, por eso no podía asegurar que se enfrentaba a una jornada anormal, más bien intuía que ese era sin lugar a dudas un día extraño. Después de tres horas de siesta ella despertó de un sueño que contrario a todos los pronósticos fue plácido. Durante mucho tiempo el descanso de las tardes sólo había servido para atizar el horrible recuerdo de la ocasión innombrable. No obstante esta vez la sensación que despertaba ese suceso en ella no consistía en la misma de siempre. 

Había necesitado cuarenta y dos años para entender la dimensión de lo ocurrido e inclusive sentirse agradecida por ser partícipe de tan extraño acontecimiento. Todo venía a su mente con una claridad que jamás le había sido propia. 

Aquella tarde de su niñez Socorro y su prima Bernarda jugaban en la huerta de la casa de sus abuelos como lo hacían frecuentemente. Cuando comenzó a oscurecer, la mamá de Bernarda llamó a las dos chiquillas, pues como ella creía ya no era hora para permanecer entre árboles, y más aún entre los de esa casa. Socorro estaba tan emocionada jugando en el columpio que su abuelo había construido para ellas que desatendió el llamado de su tía. 

De repente vio algo fuera de lo normal, de la tapia que colindaba con la casa de los Sánchez saltó un pequeño objeto redondo que comenzó un lento desplazamiento aumentado su tamaño a medida que la distancia entre éste y la niña se acortaba. 

Eso impresionaba de sobremanera a Socorro, mas esto sólo era el comienzo de lo que vendría a continuación, algo que la marcó por el resto de su vida. 

Súbitamente el cuerpo detuvo su crecimiento y entonces la pequeña advirtió a lo que realmente se enfrentaba: una gran cabeza, quizás de un indígena, con rasgos muy fuertes y con una aridez que evidenciaba los estragos de una vida difícil. Cuando llegó a los pies de ella, la cabeza dejó de rodar y pronunció unas pocas palabras que en todos sus años de amargura Socorro nunca entendió. 

Sin embargo, en su última siesta había comprendido el monólogo del aborigen y esto la había lleno de un impulso para transformar su existencia, una vida de agonía encerrada en una casa de reposo, porque después de aquel episodio que nadie más presenció todos en la familia aceptaron su evidente locura. Que más se podía decir de una criatura que de repente deja de hablar y que en las pocas ocasiones que lo hace se refiere a la cabeza rodante de un indio. 

Ahora el mensaje era claro: Por años el brillo de mi vida ha estado en este lugar, búscalo con paciencia, y tuyo será como premio a tu persistencia. Las cosas no podían ser más diáfanas, el tesoro era para ella, debía salir de ese lugar para locos y buscar lo que le pertenecía, el premio por el horror que había soportado, eso era lo que ella juzgaba. 

Lo que Socorro nunca tuvo tiempo de asimilar fue que al igual que los vivos los seres del más allá también equivocan el camino y se pierden en los vericuetos del tiempo, y eso precisamente le ocurrió al personaje de la cabeza, ella no era la indicada para recibir el mensaje, quizás con Bernarda las cosas habrían sido diferentes, pero el destino quiso jugarle una mala pasada a todos. 

Mas para Socorro esto fue lo de menos, la embargaba tanta emoción que su débil corazón lleno de pesares y más pesares no soportó la presencia de tan maravilloso sentimiento, dejó de latir rindiéndose ante la muerte cuando la tarde agonizaba y la noche caía para que esta desafortunada mujer descansara eternamente.